La primera de las tres formas de sociedad de donde se desprende como de un fondo sombrío y primigenio nuestra sociedad basada en la amistad personal y el amor es la multitud anónima, forma la mas frecuente y sin duda la más primitiva de asociación, que se halla ya en muchos invertebrados, como los cefalópodos y los insectos; pero esto no significa que no se vean también en los animales superiores, y aun en el hombre, que en ciertas condiciones , muy crueles, como por ejemplo el pánico, puede "regresar" a la formación de multitudes anónimas
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según algunos sociólogos, la familia es la forma de cohesión social más primitiva y de ella salieron en el curso de la filogenia todas las formas de la vida en sociedad que hallamos en los seres superiores. Esto puede ser cierto en determinadas condiciones en lo relativo a insectos sociales, por ejemplo, como las abejas, las hormigas y los termes, así como ciertos mamíferos, entre ellos el hombre y los primates; pero no conviene generalizar. La forma más antigua de la sociedad en el sentido más lato de la palabra es la formación de multitudes anónimas, del que nos dan el mejor ejemplo los peces en alta mar. Dentro de semejante multitud no hay ninguna suerte de estructura, ni mandantes y mandados, sino una formidable acumulación de individuos semejantes. Ciertamente, éstos ejercen una influencia recíproca entre sí, y hay ciertas formas elementales de "comunicación" entre los componentes de ese grupo. Si uno de ellos, habiendo visto un peligro, se da a la fuga, comunica su miedo a todos los demás que lo han visto. ¿qué dimensiones puede alcanzar el pánico en tales condiciones, por ejemplo en un banco de peces? ¿es posible que el banco entero se contagie y se dé a la fuga? Es ésta una cuestión puramente cuantitativa, y la respuesta depende del número de individuos que se asustaron y huyeron y de la intensidad de sus reacciones. La tropa entera puede responder a los estímulos que provocan atracciones, o sea "taxias positivas", aun cuando un solo individuo sea el que las recibe. Basta con que éste avance firmemente en determinada dirección para que le sigan otros peces. Y el que detrás vaya todo el banco es a su vez una cuestión cuantitativa.
El efecto puramente cuantitativo y en cierto modo muy democrático de este tipo de transferencia de motivación ("inducción social" entre los sociólogos) hace que un banco de peces sea más difícil de mover de mover cuantos más individuos lo componen y mayor es su instinto gregario. Un pez que por una razón cualquiera se pone a nadar en una misma dirección no tiene más remedio que salir del banco al poco tiempo, hallarse en libertad en el agua, y así quedar expuesto a todos los estímulos que tienden a hacerlo volver al banco. Cuantos más son los peces que se apartan en la misma dirección obedeciendo a algún estímulo externo, más son las probabilidades de que los siga el banco entero. Pero cuanto mayor es el banco y por ende mayor su resistencia a dejarse arrastrar, menos se alejarán sus individuos emprendedores antes de volver al banco como atraídos por un imán. Por eso, un gran banco de pececillos densamente hacinados presenta un lastimoso cuadro de indecisión. Una y otra vez se forma una pequeña corriente de individuos emprendedores que salen de la masa como el seudópodo de la amiba. Cuanto más largos se hacen estos seudópodos, más se adelgazan y más fuerte se hace visiblemente la tensión longitudinal; y por lo general, el avance termina con una fuga precipitada al corazón del cúmulo. Al ver esos esfuerzos fallidos uno se indigna contra la democracia y está a punto de reconocer las ventajas de la política autoritaria.
Pero una experiencia de Erich von Holst, muy sencilla y de gran importancia sociológica, nos demuestra que estamos bastante equivocados. Quitó a un gobio (phoxinus laevis) la porción anterior del cerebro donde se hallan, por lo menos en estos pececillos, todas las reacciones de adhesión al banco. El gobio operado ve, come y nada como sus congéneres normales, y lo único que lo distingue de estos es que le da perfectamente lo mismo apartarse del banco sin que nadie lo siga. Lo que le falta es la vacilación y la preocupación del pez normal que por mucho que desee nadar en una dirección determinada, en cuanto ejecuta los primeros movimientos se vuelve a sus compañeros y se deja influir por el número de los que le siguen o el de los que no le siguen. Al pez descerebrado por Von Holst eso no le preocupa lo más mínimo; y si veía alimento o cualquier otra cosa atractiva, nadaba con decisión hacia el objetivo y... he ahí que todo el escuadrón lo seguía. Precisamente el defecto del pez operado lo convertía en jefe.
Sobre la agresión: el pretendido mal
Konrad Lorenz
miércoles, septiembre 06, 2006
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