Hay un tipo de organización social que se caracteriza por una forma de agresión que hasta ahora no habíamos examinado: la lucha colectiva de una comunidad contra otra. Voy a tratar de demostrar que es precisamente en esta forma social de la agresión intraespecífica donde el mal funcionamiento desempeña el papel de "lo malo" en el sentido propio de la palabra. Por eso, este modo de orden social nos proporciona un modelo capaz de darnos una idea clara acerca de algunos peligros que a nosotros mismos nos amenazan.
En lo relativo a su comportamiento para con los miembros de la propia comunidad, los animales que vamos a estudiar son verdaderos espejos de todas las virtudes sociales. Pero se transforman en unos salvajes en cuanto tienen algo que ver con otra sociedad que no sea la suya. Las comunidades de este tipo tienen demasiados componenetes para que puedan reconocerse individualmente todos; por eso, la pertenencia a una misma sociedad se manifiesta mediante un olor característico.
[...]
Steiniger puso las ratas noruegas que había cazado en diferentes puntos de un gran cercado, que ofrecía a esos animales condiciones de vida perfectamente naturales. Al principio parecían temerse unos a otros. No estaban agresivos. [...] Solo se hicieron verdaderamente agresivos, empero, cuando empezaron a aclimatarse y a ocupar territorios. Al mismo tiempo empezó la formación de las parejas entre ratas noruegas que antes no se conocían, ya que procedían de lugares diferentes. Si se formaba varias parejas al mismo tiempo, los combates consiguientes podían durar bastante; pero si se formaba una pareja concierto avance, la tiranía de las fuerzas juntas de ambos cónyuges ejercía tan fuerte presión sobre los desdichados cohabitantes del cercado que no les dejaba formar otras parejas. Las ratas noruegas célibes perdían categoría entonces, y la pareja los perseguía incansablemente. Aunque el recinto era de 64m^2, no le hizo falta a aquella pareja más de dos o tres semanas para acabar con todos los demás habitantes, que eran 10 o 12 ratas noruegas que eran fuertes y adultas.
Tanto el macho como la hembra de la pareja victoriosa se manifestaban crueles contra sus congéneres vencidos, pero era evidente que el macho prefería martirizar y morder a los machos y la hembra a las hembras. Los vencidos no se defendían mucho, únicamente trataban de huir, con desesperado afán, y se dirigían angustiados hacia donde raramente está la salvación para las ratas: hacia arriba. En los lugares donde se juntaban muchos, le fue dado a Steiniger ver con frecuencia ratas noruegas heridas y derrotadas sentadas al sol, sin protección, sobre matorrales y arbustos, jirones sin duda de territorio no ocupado.
Sus heridas más frecuentes aparecían en la parte trasera de la espalda y en la cola, o sea allí donde el perseguidor alcanza al fugitivo. Raramente libera la muerte misericordiosa esos animales mediante una súbita herida profunda o una gran pérdida de sangre. Es algo más frecuente la muerte por septicemia, debida a las lesiones en el peritoneo.
El que haya presenciado las sangrientas tragedias que acaban por hacer de una pareja la dueña absoluta de todo el cercado no creería que los descendientes de estos victoriosos asesinos sean capaces de construir, y muy pronto, una sociedad perfectamente tranquila. La amabilidad y aun ternura con que estas hembras tratan a sus hijos, es la misma que se advierte en las relaciones del padre y los abuelos, tios, tios abuelos, etc.,[...]
En la cuadrilla de ratas no hay jerarquía, todas atacan a una las presas de buena talla, y los más fuertes son los que se llevan la parte principal del esfuerzo. Para comer, como dice Steiniger, "los animales más pequeños son los más audaces y los mayores toleran bastante bien que se les arrebaten los trozos de alimento. En lo sexual también, los animales que apenas alcanzan la mitad o los tres cuartas de la talla normal son en todo más vivos y se diría que superiores a los adultos. Es visible que se les conceden todos los derechos, y aun el más fuerte de los adultos los deja hacer"
[...]
Las comunicaciones en el interior de la superfamilia se transmiten rápidamente mediante transferencia de motivación de un miembro a otro; y lo más importante es que las experiencias adquiridas se transmiten y conservan por tradición. Cuando las ratas descubren un alimento nuevo, hasta entonces desconocido, es el primer animal que lo encuentra quien, según Hediger, decide si la superfamilia lo comerá o no. "cuando varios miembros de la banda han examinado un cebo y no lo han aceptado, es seguro que ningún otro miembro se le acercará. Es más, los cebos envenenados que los primeros no han aceptado, los marcan con orina o con excremento.[...]" Pero lo más sorprendente es que el conocimiento del peligro que ese tipo de cebo representa para ellos se lo transmiten por tradición de una generación a otra, y sobrevive así al individuo que tuvo la experiencia. Por eso es difícil la desratización, ya que la rata, que es uno de los más resistentes antagonistas biológicos del hombre, emplea en el fondo los mismos métodos que éste, de transmisión de las experiencias por la tradición y su propagación en el seno de una sociedad muy unida.
[...]
¿Cuál es la utilidad de ese odio entre las familias de ratas? ¿Qué función conservadora de la especia ha producido por evolución este modo de comportarse? Y lo más terrible y para nosotros los humanos más hondamente inquietante es que esos buenos pensamientos darwinianos sólo son aplicables cuando la selección se debe a causas de un medio extraespecífico. Solamente en esos casos produce la selección una adaptación. Pero allí donde es la competencia entre congéneres la que ejerce la selección sexual, hay como sabemos el inmenso peligro de que los propios congéneres se empujen unos a otros a los más estúpidos callejones sin salida de la evolución. [...] Es, pues, perfectamente posible que el odio partidario, de facción, que reina en las tribus de las ratas sea realmente una "invención del demonio", completamente inútil. Por otra parte no debe excluirse la posibilidad de que otros factores, todavía desconocidos para nosotros, del medio hayan intervenido y hasta estén interviniendo todavía. Pero hay algo que podemos afirmar con seguridad: las luchas tribales no cumplen las funciones de conservación de la especie características de la agresión intraespecífica que vimos en el capitulo IV, donde aprendimos lo que podía haber de bueno, de útil, en lo aparentemente malo. Tales luchas intestinas no sirven ni para la distribución espacial de los individuos ni para la selección de los más robustos paladines de la familia... que raramente son (entre las ratas) los padres de la generación siguiente;
Sobre la agresión, el pretendido mal.
Konrad Lorenz
viernes, septiembre 08, 2006
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