Las ratas subsistían bien en el laberinto, estaba hecho a su medida. El problema era que no podían elevar su cabeza sobre él, sólo podían verlo desde dentro. Era su mundo. Yo no tenía alma de rata, tenía alma de pájaro. De pájaro triste de alas desperdiciadas. El sistema siempre me había producido claustrofobia; iba a echar a volar a la primera oportunidad que tuviese. Lejos, bien lejos. Ya había dado algún que otro vuelo y había podido contemplar el laberinto desde arriba. No era más que una caja negra poblada por una colonia de ratas, que consumía recursos y acumulaba mierda. Una caja negra destructiva y contaminante, que hacía rico a algún hijo de puta que vivía lejos de ella. Y encima, por si las ratas se le cabreaban, les había escrito un libro explicándoles que protestar es de idiotas infelices, que lo inteligente es callarse y seguir buscando desperdicios. La biblia de la rata feliz.
¿Quién se ha llevado mi queso? Fácil. Un hijoputa retorcido. Pero de esto no se podía hablar con las ratas. La luz les hacía daño.
bailando con las ratas es un relato todavía mejor que el último que enlacé, este tipo consigue sintetizar lo que me pasa por la cabeza de una manera asombrosa (al menos para mi).
La ciudad iba despertando. De camino a la playa paré en un bar, y pedí un café sólo en vaso de plástico. Llegamos a la playa y Satán corrió a la orilla. Yo me senté, me quité los zapatos y hundí los pies en la fría arena.
A lo lejos sonaron las campanas de la iglesia. Me puse los auriculares y pulsé play en el mp3. Stairway to Heaven. Miré a mi alrededor. La arena, el mar, el horizonte. No había indeseables a la vista. Estaban en la iglesia, perdiéndose todos los milagros.
Contemplaba el mundo. Veía evolución, energía, equilibrios de fuerzas, fractales. No encontré a dios por ningún lado. Dios era el gran acrónimo sin sentido, el camino más corto a ninguna parte.
Por cierto, el de la crisis de los huevos también está muy bien. Y el final de Stairway to Heaven se sale.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada